Oír o escuchar.

Parecen significar lo mismo, pero en definitiva se refieren a situaciones o acciones absolutamente diferentes.
Se puede oír sin escuchar, pero nunca en viceversa.
Escuchar parece sencillo, pero en realidad no es tarea fácil. No todo el mundo sabe hacerlo. No es lo mismo oír que escuchar. No basta con esperar a que el otro termine de hablar sin interrumpirle, es necesario querer escucharle. Hay que prestar atención no sólo a sus palabras, sino también al mensaje que transmiten sus silencios, sus gestos, sus ideas, sus preocupaciones, sus sentimientos, su persona.
Es necesario concentrarnos en aquello que se escucha. También requiere voluntad de seguir el razonamiento de lo que se está oyendo.
Deberíamos aprender de Momo, personaje de la novela de Michael Ende (Alemania), una niña huérfana que vivía sola en un anfiteatro  abandonado, pero a quien todos respetaban, querían y protegían porque sabía escuchar. «No había persona del lugar que no fuera a contarle sus problemas y preocupaciones y a quien ella escuchaba con todo el respeto del mundo»; «de ahí viene que Momo tuviera muchas visitas» –«¡Vete con Momo!» se había convertido en una frase hecha.  ¿Por qué? Porque lo «que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar». Muy pocas personas saben escuchar de verdad. «escuchaba con toda atención y toda simpatía… Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja e indecisa sabía muy bien, de repente lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres…»
Feliz y bendecida semana!